miércoles, 7 de enero de 2026

EL ORO DEL TIEMPO.




La luz del crepúsculo se filtraba por los tablones de la cabaña, creando un juego de sombras largas sobre el suelo. Alfonso estaba apoyado contra el marco de la puerta, observando el horizonte. Su figura, delgada y alta, parecía ser el pilar que sostenía toda la calma de aquel lugar.

​Ella lo miraba en silencio, recorriendo con la vista la línea de sus hombros hasta llegar a su rostro. En ese instante, él se giró. Le dedicó esa sonrisa única, esa que ella guardaba en su memoria como el tesoro más valioso, y sus ojos —esos luceros cautivadores— se encontraron con los de ella.

​—¿En qué piensas? —preguntó él con una voz suave, que encajaba perfectamente con la quietud del bosque.

​Ella tardó un segundo en responder, atrapada en la intensidad de su mirada.

—En que eres real —susurró ella, dando un paso hacia él—. Pensaba en que esta es la felicidad, Alfonso. Durante mucho tiempo, no creí que fuera algo que pudiera alcanzar. Pensé que mi destino era ser como esa moneda falsa que pasa de mano en mano sin valor... pero aquí, contigo, me siento de ley.

​Alfonso acortó la distancia entre ambos. No hubo movimientos bruscos, solo la fluidez de quien se siente en casa. Le puso una mano en la mejilla, un gesto que ella todavía recibía con una mezcla de asombro y alivio.

​—Esa moneda ya no existe —dijo él, y su sonrisa se ensanchó, iluminando los rincones más oscuros de su memoria—. Aquí solo estamos nosotros. Y este cielo que miras todas las tardes es, por fin, solo tuyo.

​Ella cerró los ojos, dejándose envolver por su presencia. Ya no había "apetencia" ni ansias de huida. Alfonso era el punto final de su antigua historia y el título de la nueva.

​La noche se instalaba definitivamente sobre la cabaña, y el único sonido era el crujir rítmico de la leña en el fuego. Alfonso estaba sentado en su sillón favorito, con un libro abierto sobre el regazo y un cuaderno donde anotaba ideas con una caligrafía pausada. La luz de las llamas bailaba en sus rasgos, acentuando su silueta alta y delgada, dándole un aire de serenidad absoluta.

​Ella lo observaba desde la mesa, donde sus propios versos descansaban. Verlo allí, concentrado, era su mayor consuelo.

​—¿Has encontrado las palabras hoy, Alfonso? —preguntó ella suavemente.

​Él levantó la vista y le regaló esa sonrisa única, dejando el cuaderno a un lado. Su mirada cautivadora parecía leer no solo el papel, sino el alma de ella.

​—Las palabras siempre están —respondió él, extendiendo una mano hacia ella—. Pero solo aquí, junto a ti y frente a este fuego, tienen sentido. Antes escribía para escapar; ahora escribo porque he llegado.

​Ella se acercó y se sentó a sus pies, apoyando la cabeza en su rodilla. Sintió la mano del escritor acariciar su larga cabellera con la misma delicadeza con la que se pasa la página de un libro amado.

​—Yo pensaba que el cielo era inalcanzable —confesó ella, mirando las brasas—. Pero mi cielo es este cuarto, el olor a madera y el sonido de tu pluma sobre el papel.

​Alfonso cerró su libro, marcando la página, pero sin quitarle la vista de encima.

—Lo que hemos construido aquí es la historia más hermosa que jamás podré escribir —susurró él—. Una victoria que no necesita ser gritada para ser eterna.

​El frío del bosque golpeaba los cristales, pero dentro de la cabaña el aire olía a resina de pino y a la tinta fresca del cuaderno de Alfonso. El fuego se había reducido a un resplandor ámbar, el momento exacto en que las sombras se vuelven suaves y las verdades, más fáciles de decir.

​Alfonso cerró su cuaderno, su figura alta relajada contra el respaldo del sillón. Miró a ella, que sostenía su propio poema con manos que ya no temblaban.

​—Es tu turno —dijo él, y su mirada cautivadora era una invitación abierta, un espacio seguro donde no existía el juicio.

​Ella respiró hondo y leyó en voz alta los versos de "Apetencia". Al llegar al final, a ese verso que decía: "Muere el sol, y yo habito mi cielo", su voz se quebró apenas un hilo, pero no de tristeza, sino de asombro ante su propia paz.

​Alfonso permaneció en silencio un momento, procesando la belleza del hallazgo de ella. Luego, abrió su cuaderno por la última página escrita.

​—Yo también he encontrado algo hoy —susurró él, y su sonrisa única apareció, breve y cómplice—. Escucha:

​"Hay historias que se escriben con sangre y otras que se escriben con el peso del plomo. Pero la nuestra, la que habitamos en esta cabaña, se escribe con el blanco de los inviernos y el oro de tus ojos. No busco finales épicos ni dramas de otros tiempos; mi pluma solo aspira a ser el testigo de cómo respiras en calma al despertar. Porque la verdadera literatura no es el ruido del mundo, sino el silencio que comparto contigo, la única palabra que ha sido escrita con ley."

​Al terminar, Alfonso dejó el cuaderno sobre la mesa y buscó la mano de ella.

​—Tú escribes sobre alcanzar el cielo —dijo él mirándola fijamente—, y yo escribo sobre cómo ese cielo decidió bajar a la tierra y sentarse conmigo frente al fuego. No somos una moneda falsa, somos el oro que queda después de que el fuego se lleva todo lo que no servía.

​Ella apretó su mano, sintiendo la piel de Alfonso, la realidad de su cuerpo delgado y fuerte a la vez. En esa habitación, rodeados de libros y leños, la felicidad no era un sueño literario. Era el presente.

​La noche del aniversario no necesitaba grandes banquetes ni ruidos externos. El festejo estaba en los detalles: una cena sencilla puesta sobre la mesa de madera, el vino brillando en las copas como rubíes derretidos y, sobre todo, la consciencia compartida de que habían pasado trescientos sesenta y cinco días sin miedo.

​Alfonso se levantó, su figura alta proyectando una sombra protectora sobre la pared de troncos. Se acercó a ella y, con esa sonrisa única que parecía renovarse con cada estación, le tendió una pequeña caja de madera que él mismo había tallado.

​—Para tu pluma —dijo él, su mirada cautivadora más profunda que nunca—. Para que sigas escribiendo nuestra victoria.

​Ella abrió el regalo, pero sus ojos se desviaron hacia el cuaderno de Alfonso, donde las palabras que habían compartido antes seguían frescas. Se puso en pie y lo abrazó, hundiendo el rostro en su pecho, escuchando el latido rítmico de un corazón que solo sabía de paz.

​—Feliz aniversario, Alfonso —susurró ella—. Gracias por enseñarme que la felicidad no era un espejismo.

​Él la apartó apenas unos centímetros para mirarla, rodeando su cintura con sus manos largas de escritor.

—Gracias a ti por elegir este cielo —respondió él—. La moneda falsa se perdió en el camino, y lo que quedó es este oro puro que somos ahora.

​Afuera, la nieve comenzó a caer con una suavidad absoluta, cubriendo la cabaña y el pasado con un manto blanco y limpio. Dentro, el fuego chisporroteó por última vez antes de convertirse en brasas eternas. Ella apoyó la cabeza en el hombro de Alfonso, cerró los ojos y, por primera vez en su vida, no deseó estar en ningún otro lugar del mundo.

​El capítulo se cerró así: con el silencio de los que ya no tienen nada que demostrar, y el sonido de dos respiraciones que, por fin, rumbaban al unísono en la seguridad de su propio reino.



Continuación del Oro del Tiempo.

 

​El Eco de las Reinas.

 

​Sentada frente al ventanal de la cabaña, el mundo parecía haberse detenido. El bosque, con su quietud imperturbable, le ofrecía el espacio que Julián siempre le había negado: el espacio para simplemente ser. Pero en esa soledad no estaba vacía. Las paredes de madera parecían devolverle, como un eco suave, las voces de quienes la sostuvieron cuando ella misma no podía mantenerse en pie.

​Cerró los ojos y la voz de Olga apareció con una nitidez asombrosa. "Ánimo amiga, seguimos siendo las reinas". En su momento, esa frase había sido un salvavidas lanzado en medio de la tormenta; ahora, en la calma de su retiro, se transformaba en una verdad fundamental.

​Se dio cuenta de que su victoria no era solo suya. Cada vez que una de sus amigas le contaba una pena, cada vez que escuchaba la lucha de otra mujer por su dignidad, ella iba guardando esas vivencias como tesoros en un cofre invisible. La libertad que sentía en ese momento era el resultado de una fuerza colectiva. Entendió que el poeta no miente cuando dice que somos parte de todos los que hemos amado; ella era la suma de esos ánimos, de esas risas compartidas en las que, por un instante, el dolor de Julián dejaba de existir.

​Abrió los ojos y miró sus manos. Ya no temblaban. La "moneda falsa" de las promesas incumplidas se había quedado atrás, en el camino de tierra que conducía a la cabaña. Aquí, en este refugio, ella empezaba a traducir las almas de sus amigas en su propia fortaleza. Se sintió, por primera vez, no como una sobreviviente, sino como la arquitecta de su propia paz.

​Con el eco de las palabras de Olga aun vibrando en su pecho, se levantó y buscó aquel cuaderno de tapas gastadas que había viajado con ella, oculto, durante tanto tiempo. Lo puso sobre la mesa de madera rústica, justo donde la luz de la tarde caía de forma oblicua, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire como pequeñas chispas de oro.

​Sostuvo la pluma con una firmeza que la sorprendió. Ya no era la mano que buscaba excusas o que escribía mensajes de disculpa. Era la mano de una recolectora de verdades.

​Se quedó mirando la página en blanco, ese espacio de libertad creativa que tanto habíamos buscado. Recordó que no tenía que ser fiel a los hechos que la hirieron, sino a la fuerza que la salvó. Suspiró profundamente, dejando que el aire puro de la montaña llenara sus pulmones, y escribió la primera línea:

​"Había una vez una reina que aprendió a distinguir el oro del tiempo entre un puñado de monedas falsas..."

​Al ver las palabras plasmadas, sintió un clic interno. La historia de Julián ya no era su presente; ahora era simplemente material literario, una vivencia que su alma inquieta estaba transformando en algo hermoso. Escribió sobre la cabaña, pero también sobre todas las mujeres que, como ella, habían tenido que inventarse un refugio para volver a escucharse. El cuaderno dejó de ser un objeto para convertirse en un espejo de su nueva identidad.

 

​Del Cuaderno de la Cabaña

 

​"Escribo esto porque el silencio ya no me asusta; ahora me pertenece. Durante mucho tiempo, mi historia fue escrita por manos ajenas, por voces que me decían qué valía y qué no. Me entregaron una moneda falsa y me hicieron creer que era mi único tesoro, pero el tiempo —ese alquimista paciente— me ha enseñado a mirar mejor.

​Hoy entiendo que el Oro del Tiempo no es lo que acumulamos, sino lo que logramos salvar del incendio. He salvado mi nombre, mi paz y esta cabaña que ahora es mi castillo. Julián no es más que un nombre que se desvanece en el papel, una sombra que ya no proyecta frío sobre mis días. Mi verdadera historia no es la de una herida, sino la de una reconstrucción.

​Recojo en estas páginas no solo mi voz, sino los ecos de mis amigas. Escribo por la que aún no se atreve a salir, por la que cree que su corona se ha roto para siempre. Les digo desde aquí, desde este rincón de madera y luz: 'Ánimo, seguimos siendo las reinas'. No porque el mundo nos lo conceda, sino porque nosotras hemos decidido que nuestra dignidad no está en venta.

​Este refugio no es solo de madera; está hecho de palabras, de libertad creativa y de la certeza de que, aunque el poeta a veces invente mundos, el sentimiento de ser libre es la única verdad que importa."

 

El Encuentro en el Umbral.

 

​Ella soltó la pluma, dejando que la última gota de tinta se secara sobre el papel. Al levantar la vista del cuaderno, algo se movió en el sendero que serpenteaba entre los árboles. El sol de la tarde, ya más bajo y dorado, bañaba el camino, y fue entonces cuando lo vio.

​Alfonso se dirigía hacia la cabaña. No venía con prisa, ni con la sombra de una exigencia. Caminaba con esa parsimonia tranquila que siempre lo había distinguido, como quien sabe que el tiempo es un aliado y no un enemigo. Al divisarla a través del ventanal, su rostro se iluminó con una sonrisa genuina, una de esas sonrisas que no piden nada a cambio, sino que simplemente celebran la existencia del otro.

​Ella no sintió el sobresalto de la ansiedad que solía acompañar sus encuentros del pasado. Al contrario, sintió una calidez serena. Ver a Alfonso sonreír mientras se acercaba era la confirmación de que la libertad creativa de su vida estaba dando frutos: había dejado de escribir una tragedia para empezar a vivir un poema.

​Se puso en pie y caminó hacia la puerta. Ya no era la mujer que se escondía, sino la reina que salía a recibir a quien sabía valorar su reino. Alfonso se detuvo a pocos metros, respetando el espacio de la cabaña, y su mirada le dijo todo lo que las palabras aún no alcanzaban a expresar. La realidad, por fin, era tan hermosa como lo que ella acababa de escribir.

 

Capítulo: El Invitado del Reino.

 

​Alfonso no era un extraño en el sentido estricto, aunque era la primera vez que habitaba el silencio de su cabaña. Mientras él terminaba de subir la cuesta, ella recordó lo que Olga le había contado: cómo Alfonso se había quedado prendado de aquella fotografía en Valencia. En la imagen, ellas dos caminaban por las calles bañadas por el sol mediterráneo, riendo, sin saber que alguien, al otro lado de una pantalla o un papel, estaba viendo en ellas la definición misma de la vida.

 

​La Luz de Valencia en la Montaña.

 

​El fuego chisporroteaba en la chimenea, creando sombras cálidas que bailaban sobre las paredes de madera. Alfonso se sentó frente a ella, sosteniendo una taza caliente entre las manos, pero su mirada no estaba en el fuego, sino en el rostro de la mujer que tenía delante.

​—Sabes —dijo él con voz suave, rompiendo el silencio de forma natural—, a veces cierro los ojos y vuelvo a ver esa fotografía que me enseñó Olga.

​Ella sonrió de lado, un poco tímida pero curiosa.

—¿La de Valencia? Éramos solo dos amigas paseando, intentando olvidar el mundo por un rato.

​—Para ti era eso —replicó Alfonso, dejando la taza sobre la mesa, cerca del cuaderno de ella—. Para mí, fue un descubrimiento. En esa foto, caminando por el Carmen, no vi a alguien que huía de nada. Vi a una mujer que llevaba su propio sol por dentro. Olga me dijo: "Mira, ella es una reina", y no se refería a un título, sino a esa forma tuya de pisar la tierra, como si cada paso fuera una declaración de libertad.

​Ella bajó la mirada hacia su cuaderno y luego volvió a Alfonso. Entendió en ese momento que él no estaba allí por casualidad, ni por rescatarla de Julián. Alfonso estaba allí porque se había enamorado de su capacidad de ser feliz, de la versión de ella que Olga siempre había defendido.

​—Ese día en Valencia —confesó ella—, sentí por primera vez en años que podía respirar sin permiso. Me alegra que fuera esa versión de mí la que te trajera hasta aquí.

​Alfonso estiró la mano y, con un respeto casi sagrado, rozó apenas la punta de sus dedos.

—No vengo a interrumpir esa libertad. Solo vengo a ver si hay sitio en este reino para alguien que sepa apreciar el oro de tu tiempo.

​La Imagen Guardada.

​Alfonso dejó su taza y buscó en el bolsillo interior de su chaqueta. Con un cuidado infinito, extrajo un sobre pequeño de papel kraft. De su interior sacó una copia física de la fotografía, un poco desgastada en las esquinas por haber sido consultada muchas veces.

​—La he llevado conmigo desde que Olga me la dio —dijo él, extendiéndola sobre la mesa de madera.

​Ella se inclinó para mirarla. Ahí estaban: Valencia al fondo, la luz dorada del Mediterráneo bañando las fachadas antiguas y, en el centro, ella misma. Se vio caminando junto a Olga, riendo de algo que ya no recordaba, con el cabello alborotado por la brisa marina. Lo que más le impactó no fue su belleza, sino la expresión de sus ojos: eran los ojos de alguien que, aunque fuera por una tarde, se sentía dueña del mundo.

​—Ese día —susurró ella, acariciando la imagen con la yema del dedo—, Olga no dejaba de decirme: "Ánimo amiga, seguimos siendo las reinas". Yo pensaba que lo decía para consolarme, para ayudarme a olvidar la sombra de Julián que me esperaba al volver a casa.

​Alfonso negó con la cabeza suavemente.

—Olga no lo decía para consolarte. Lo decía porque era la verdad. Lo que yo vi en esta foto no fue a una mujer herida, sino a la mujer que escribió ese cuaderno que tienes ahí. Vi la fuerza que necesitabas para construir esta cabaña mucho antes de que pusieras la primera piedra.

​Ella levantó la vista de la foto y lo miró a él. En ese momento, la cabaña en la montaña y las calles de Valencia se unieron. Alfonso no era un extraño que llegaba a su vida; era alguien que había estado esperando a que ella terminara de reclamar su propio reino para poder caminar a su lado.

​—Gracias por guardarla —dijo ella, sintiendo que un nudo antiguo se deshacía definitivamente en su garganta—. Y gracias por ver a la reina antes de que yo misma pudiera encontrar mi corona.

 

El Silencio Compartido.

 

​El fuego en la chimenea comenzó a ceder, dejando paso a un resplandor rojizo que envolvía la estancia en una penumbra acogedora. Sobre la mesa quedaron la fotografía de Valencia y el cuaderno abierto, dos versiones de la misma mujer unidas por el tiempo.

​Ella tomó la mano de Alfonso, sintiendo la calidez de su piel y la seguridad de su presencia. No necesitaban más palabras; el peso de la fotografía y la profundidad de lo escrito en el cuaderno ya lo habían dicho todo. Alfonso no intentó romper el momento con promesas vacías; simplemente apretó su mano con suavidad, confirmando que su Mundo de Paz ahora tenía un guardián más.

​—Es hora de descansar —susurró ella, sintiendo una ligereza que no conocía.

​Se levantaron juntos, dejando atrás las sombras de lo que fue. Mientras la noche de la montaña envolvía la cabaña con su manto de estrellas, ella supo que, al cerrar los ojos, no despertaría en una pesadilla del pasado, sino en la realidad que ella misma había elegido. En el umbral del sueño, la frase de Olga volvió una vez más, pero esta vez con un matiz nuevo. Ya no era un grito de resistencia, sino un hecho absoluto: la reina finalmente estaba en su trono, y la paz era su corona más brillante.

 

 

 

Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.

@copyright.

Continuará...





No hay comentarios:

Publicar un comentario

UN CANTO MEXICANO EN EL ALMA.

  (Para la gran artista, intérprete y poeta, mi gran amiga española Olga González Ferreiro) ​Olga, tu voz que tantas veces entonó el ...