Yo te di el suelo cuando no tenías piso, te di la sonrisa
que el mundo te negó; fui el andamio, la calma y el compromiso, mientras tu
propio orgullo se alimentó.
Te puse alas para que volaras alto, sin saber que tu vuelo
era de rapiña; querías probar el sabor del asalto, y quemaste el hogar que te
dio la cobija.
Crees que hoy eres otro por verte al espejo, pero el alma
no cambia por un diente nuevo; sigues siendo el hombre pequeño y perplejo,
que huye del amor porque le queda grande el cielo.
Gracias por la herida, me enseñó el camino: no se salva a
nadie que no quiera ser luz.
No dolió el adiós, dolió la burla.
No fue el desprecio, fue el espejo roto: ver tu imagen en un
alma nula,
elegida por un corazón ignoto.
Creíste hallar fortuna en la moneda falsa, cambiaste el oro
puro por un brillo vano; ahora tienes un eco que no te alza, y la mano que te
dio, ya no está en tu mano.
Hoy camino libre, dueña de mi destino, y tú te has
quedado... cargando tu propia cruz.
Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.
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