Te sentaste en el trono de tu propia arrogancia,
mirando desde arriba a quien todo te dio;
confundiste su entrega con insignificancia,
y en tu afán de grandeza, tu luz se apagó.
Creíste que el mundo te debía los besos,
que el amor era un siervo que debía esperar;
despreciaste el diamante por buscar otros huesos,
y hoy no tienes arena, ni tierra, ni mar.
Es el pago del necio que desprecia lo puro:
quedarse con restos por no saber recibir.
Ahora el frío es tu amante, el silencio tu muro,
y aquel amor que ignoraste... no volverá a venir.
Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.
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