De nuevo es Navidad. Los
recuerdos desfilan ante mí como una niña que intenta alcanzar el tiempo, ese
que se ha ido para no volver. Hoy, como cada Nochebuena, mi pensamiento te
busca. Alzo mis ojos humedecidos hacia el cielo y creo verte en cada estrella que
titila; a veces siento que la nostalgia me gana, pero luego te encuentro en los
detalles.
Pienso en tu silla vacía y me
parece escuchar el rítmico golpeteo de tus dedos sobre la mesa, ansioso por
degustar la cena que mamá preparaba con tanto esmero. Recuerdo tus ojos café
marrón observándome detenidamente cuando, con la inocencia a flor de piel, te
preguntaba:
— ¿En verdad existe Santa? —
Mamá, tu cómplice, te sonreía
mientras se acercaba a tu rostro para sellar el momento con un beso. Yo, entre
risas traviesas, escondía la cabeza bajo el mantel gritando:
— ¡Ji, ji, ji! ¡Santa tiene
esposa! —
Ella se hacía la desentendida,
se acomodaba al otro lado de la mesa y nos invitaba a dar gracias a Dios por
los alimentos. Después de la cena, la algarabía se transformaba en la dulce
orden de ir a descansar. Yo, como un fiel soldadito, me apostaba en un rincón
esperando ver al hombre del traje rojo, pero el "tramposo" de Santa
me lanzaba sus polvos mágicos hasta hundirme en un profundo sopor.
Esa noche soñé que eras
inmortal. Me vi en el Polo Norte, escuchando el tañer de las campanas mientras
un coro de ángeles anunciaba el nacimiento del Redentor. Una lluvia de
estrellas iluminó mi sueño y, al disfrutar de tu presencia, comprendí que,
aunque Santa no existiera, tú serías por siempre mi verdadero Santa Claus.
Hoy eres la estrella que guía
mis pasos desde lo alto. Y aunque la magia de aquellos días ha cambiado, tu luz
sigue aquí, presente, iluminando mi vida para siempre.
¡FELIZ NAVIDAD,
PAPÁ!
Autora :Ma. Gloria
Carreón Zapata.
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